¿Nosotros hacemos a la ciudad o la ciudad nos hace a nosotros?
Como toda gran pregunta, carece de una gran respuesta, aunque resulta casi irresistible de abordar... en particular porque podemos responderla de ambas formas y salir bien parados. De alguna forma, la manera en que respondamos hablará más de nosotros mismos que de la respuesta en sí.
Que una entidad física nos vaya moldeando suena a determinismo ambiental... ingenuo. Y pensar que somos nosotros los que estamos en control de la situación y manejamos a nuestro antojo este mastodonte urbano que tiembla bajo nuestros pies suena aún más ingenuo.
Ambas cosas son erradas... y ambas correctas.
Si nos posicionamos desde un punto de vista netamente arquitectónico, vamos a tender a pensar que nuestras formas pueden determinar conductas e, incluso, moldear la sociedad. Repetiremos junto con Oriol Bohigas, uno de los artífices de la Barcelona actual que "...la forma es lo más importante de la ciudad. La forma es lo que da estructura social e identidad..."
En cambio, si tomamos un baño de humanismo, nos preguntaremos como Shakespeare... "¿qué es la ciudad sino su propia gente?"
De acuerdo a cómo opinemos, veremos la historia de distinta forma. Antes que documentos estáticos, la historia urbana es viva y necesita cambiar a cada momento, asi como la ciudad que relata.
La invitación es, entonces, a sumergirse en una historia particular... pequeña y a la vez grandiosa, que sucede en un taxi sediento que trata de buscar algo de sentido en las calles y avenidas de una ciudad inmisericorde, una ciudad (qué duda cabe) en la que Dios es un tipo solitario... una ciudad donde los héroes hacen lo correcto por las razones incorrectas.
¿A quién le habla, en realidad, Travis cuando se mira al espejo...? (are you talking to me?)
En fin, subámonos a este taxi y veamos la historia viva por el retrovisor.
Como toda gran pregunta, carece de una gran respuesta, aunque resulta casi irresistible de abordar... en particular porque podemos responderla de ambas formas y salir bien parados. De alguna forma, la manera en que respondamos hablará más de nosotros mismos que de la respuesta en sí.
Que una entidad física nos vaya moldeando suena a determinismo ambiental... ingenuo. Y pensar que somos nosotros los que estamos en control de la situación y manejamos a nuestro antojo este mastodonte urbano que tiembla bajo nuestros pies suena aún más ingenuo.
Ambas cosas son erradas... y ambas correctas.
Si nos posicionamos desde un punto de vista netamente arquitectónico, vamos a tender a pensar que nuestras formas pueden determinar conductas e, incluso, moldear la sociedad. Repetiremos junto con Oriol Bohigas, uno de los artífices de la Barcelona actual que "...la forma es lo más importante de la ciudad. La forma es lo que da estructura social e identidad..."
En cambio, si tomamos un baño de humanismo, nos preguntaremos como Shakespeare... "¿qué es la ciudad sino su propia gente?"
De acuerdo a cómo opinemos, veremos la historia de distinta forma. Antes que documentos estáticos, la historia urbana es viva y necesita cambiar a cada momento, asi como la ciudad que relata.
La invitación es, entonces, a sumergirse en una historia particular... pequeña y a la vez grandiosa, que sucede en un taxi sediento que trata de buscar algo de sentido en las calles y avenidas de una ciudad inmisericorde, una ciudad (qué duda cabe) en la que Dios es un tipo solitario... una ciudad donde los héroes hacen lo correcto por las razones incorrectas.
¿A quién le habla, en realidad, Travis cuando se mira al espejo...? (are you talking to me?)
En fin, subámonos a este taxi y veamos la historia viva por el retrovisor.

